El niño que bebió agua de brújula,
Julio Mas Alcaraz
Calambur, Madrid, 2011, 219 págs.

Otra de las cosas que sorprende de El niño que bebió agua de brújula es su
extensión: doscientas páginas. Sorprende porque no suele ser habitual, hoy por
lo menos, encontrar en la poesía joven un libro que supere las noventa. Pero
sobre todo sorprende porque, precisamente, este es un libro del que se ha
destacado, más bien, su vocación intensiva: un libro construido hacia dentro
(parafraseo) que establece una relación particular con las cosas, a la inversa
de la relación in extensio que se produce normalmente con el lenguaje. La
escritura de Mas Alcaraz, entonces, abriría una grieta, un mundo
infrareferencial, por donde se colaría el lector arrastrado por la palabra del
poeta madrileño, espectador de un tiempo distinto. Pero en mi opinión esto no
es así. O, si acaso, no de este modo exactamente. Alcaraz, como toda su
generación (de Pardo a Canteli), escribe a sabiendas de que la relación entre
mundo y lenguaje es inestable. No quiero decir con esto que nuestro autor
pertenezca a ese tipo de poesía que aborda la problemática del lenguaje (en
este sentido, me parece que Mas Alcaraz hace alusión pero en seguida suelta ese
“lastre” para proponer un recorrido más, digamos, placentero, menos teórico).
Ubicación y pérdida, memoria y amnesia,
fragmento y continuidad, me parecen materiales de un mismo mundo poético
asumido con tranquilidad, sin aspaviento. Decir —decir poéticamente—
conlleva peligros, implica un acto de lenguaje intensivo, inscribir lo que se
dice en otro sitio, en otro mundo. No hay nada ni antes ni después de la
metáfora, porque un verso siempre es paralelo a nuestra experiencia. El viaje
hacia dentro, me parece a mí cuanto menos, es un presupuesto del acto poético. ¿A
qué se refiere Mas Alcaraz, entonces, cuando pone la atención sobre esa agua de
brújula administrada como un aprendizaje forzoso que el poema niega? Esa agua
que no se ha de beber, ubicativa, garante del orden, que direcciona el mundo de
forma unívoca, no se enfrenta tanto a una idea cosmogónica de la escritura (el
poeta como creador de un mundo con sus propias reglas, con imanes dispares),
porque esto, decía, se le presupone a día de hoy al poeta en su ejercicio,
independientemente de si el asunto sale a flote tematizado; más bien propone una
investigación telúrica. Diría que el niño de Mas Alcaraz no pretende una
desubicación por vía poética, un au-delà,
sino la recuperación de una simpatía profunda con el mundo, con la realidad. El
mundo, el dolor del mundo concretamente, brújula en mano, es incomprensible. No
se trata de abandonarlo y abonar otro terreno de edificación, sino de hincar la
rodilla en el suelo, pegar el oído y auscultar, oír cómo la realidad respira.
La propuesta de Mas Alcaraz puede que tenga más que ver con la comprensión que
con la creación autárquica. Y para ello nos depara un viaje. Un viaje que exige
abandonar la brújula para beber de otro agua, un viaje del que partimos
arrodillados.
Las formas de este viaje son las de la intensión
poética. En ese sentido, Mas Alcaraz prefiere que comprendamos el mundo
intuyéndolo, y nos expulsa poco a poco de la comprensión, para tomarle cada vez
más el pulso. Aquí está, según creo, una de las cosas que hacen más interesante
este poemario: recorrer una distancia extensiva, desde la intensión propia del
hecho poético. En este sentido, este es un libro realmente duro, doloroso,
exigente, que nos obliga a avanzar de un modo que parece proscribir la idea
misma de desplazamiento. Pero esa es su gracia, desplazarse así. Pero
desplazarse, doscientas páginas, con la seguridad de que no perdemos cierta
creencia moderna en el sentido, porque nos dirigimos a alguna parte, sin duda.
Esta idea de desarrollo que tiene el libro rompe, a mi gusto, cierta idea
poética contemporánea que piensa la creación en el vacío, como un fogonazo en
la imaginación (el poema como artefacto estético breve que ya está en Poe y sus
principios compositivos), y que se presta a una escritura breve pero esforzada.
El niño que bebió agua de brújula camina
entre dos aguas, la incursión y la andadura, y lo atraviesa el cansancio:
leemos el libro en una mal postura, sin saber bien bien qué conducta adoptar
como lectores, si perseguir el sentido emergente, saltando de roca en roca, o
dejarnos hundir de un modo definitivo. Un modo
pendular, como han llamado a esto algunos en la última década.
Una de las cosas que resultan más extrañas en la
recepción de este libro es que nadie ha apostado por la descripción argumental.
¿Qué sucede exactamente en los versos de Alcaraz? ¿Nos cuenta algo concreto?
Por lo que yo sé, la crítica ha maniobrado de forma concéntrica.
Como bien ha apuntado Raúl Quinto en su crítica en la
revista Quimera del mes de mayo, en
Mas Alcaraz hay algo —hay bastante— de la mística. Esto no es
descabellado si a la tradición mística castellana le sumamos la norteamericana
(según Jeannette Clariond en su prólogo a La
escuela de Wallace Stevens, la poesía estadounidense habría recibido una
honda influencia de la española) y tenemos en cuenta que nuestro autor es
traductor del inglés y conoce bien la poesía de ultramar. Mística entonces,
digo; este poemario puede leerse como una vía mística, un ejercicio espiritual
para comprender mejor el mundo. Los distintos tiempos (Tiempo 4, primero, y
luego el Tiempo 1, Tiempo 2… hasta el Tiempo 8) no son tanto una
reconfiguración poética del mundo, una percepción fragmentaria y no lineal
donde el sujeto es la medida, sino una
escalera (en la tradición del neoplatonismo o de la cábala), las distintas
etapas de una vía interior a las que el autor denomina “tiempos”. Veamos ahora,
para terminar, si podemos intentar una interpretación algo más clara —y
desdeñable, por ser un mero acercamiento prosaico— del asunto del libro.
El niño que bebió
agua de brújula, me atrevería a decir, parte de un hecho muy concreto: la
muerte de un ser amado. Inicialmente me pareció que podíamos pensar en la
muerte de la madre, pero tengo mis dudas: en cualquier caso una persona amada
perteneciente a la intimidad del yo poético.
Aunque los poemas funcionen como acumulación de escenas o paisajes
mínimos que se abren para cerrarse sobre sí mismos al cabo, la escritura contiene
una claridad significativa. Estas escenas tienen una complejidad añadida
(confesada a su vez por Alcaraz): hay una variación de puntos de vista que
moldea el poema y, como pago, lo intrinca. El ‘Tiempo 4’ que inaugura el libro
pone un cuerpo enfermo sobre la escena de forma explícita. El cuerpo de la
enfermedad es el punto de partida decisivo, porque es la mínima marca de la
ausencia, o al revés, la última señal de la presencia. Ahí y solo ahí —el resto
es capitalizado por la escritura— tiene el viaje su principio. Este
tiempo de muerte presentida es, quizá, posterior en los acontecimientos, pero
la memoria lo sitúa en primer lugar. Me parece que es más bien una cuestión de
memoria (la distensión del alma de la
que hablaba San Agustín) antes que la reordenación típica del creador
posmoderno. Si el primero era el tiempo de la emoción central, que solicita la
voz, el ‘Tiempo 1’ ya tiene la marca de la escritura. Los paisajes de Alcaraz darán
cuenta, con cierto aire simbolista, de la encarnación de la pérdida, el enfermo
en la ciudad: esto es, el cuerpo doliente y lamentado, como literalidad. La relación
del yo con el dolor es de tipo elegíaco, el sujeto anda suelto y siente.

Sigue quedando por decir, y lo dicho es poco. Pero
eso ha de quedar para otro lugar, para otro momento. Lo que es seguro es que
Alcaraz ha escrito un libro digno de recordar.