El tiempo menos solo, Abraham Gragera
Pre-textos, 2012, 50 págs.

Volviendo a la nómina de poetas
de los 60 y 70; mientras que la mayoría de ellos dan un giro hacia la posmodernidad
y subrayan en los propios versos la inflexión de los tiempos, asumiéndolos
estéticamente como quiebro, otros conviven con esa “novedad” mediante una
asunción menos crítica. Es aquí, en una especie de “posmodernidad tranquila”,
donde podríamos situar a gente como Luis Muñiz (Caborana, 1964) o Abraham
Gragera (Madrid, 1973), poetas que han hecho de la duda un arma indudable, que
pisa sobre seguro: sin alarma, sin carnaval, sin estoicismo.
El último libro de Gragera, El tiempo menos solo, es la consolidación con matices de una línea
que se empieza a esbozar en Adiós a la
época de los grandes caracteres (Pre-textos, 2005) y que ya estaba en
germen en Desviaciones y demoras o en
las diversas antologías que lo recogieron a principios de siglo.
Adiós… ya dejaba más o menos claras sus intenciones desde el
principio con un poema, ‘Estrella fugaz’, donde la observación poética se
combinaba con la observancia de lo inaprensible: “Aún es pronto, demasiado
pronto para el ojo / pero tarde, muy
tarde ya para el pensamiento”, o declaradamente, como máxima tonal, en ‘Casi
demasiado serio’: “las cosas que se cogen sólo para soltarlas… me gustan,
porque no van a ningún sitio, pero no llegan nunca tarde”. La dubitación serena
entrañaba una percepción mejor en verdad, y compartía espacio con la atención
exquisita por el ritmo, la eufonía, o la amistad con la tradición estrófica.
En El tiempo menos solo encontramos un escenario similar, tal vez más
meditativo. La contemplación del entorno (las cosas, cabe decir, como señala Rodríguez-Gaona) es, ahora, en buena
parte del poemario, reflexión sobre las condiciones de esa acción. Al contrario
de lo que podría parecer, Gragera retoma antiguas preocupaciones que parecían
implícitamente asumidas: ¿cómo decir las cosas?, ¿qué hacen las cosas aquí? La
preocupación inicial por la palabra (en ‘Los años mudos’, ‘Nuestros nombres’ o
en alguna alusión al Juan Ramón Jiménez de Eternidades),
anotada sin respuestas transitivas, nos devuelve a la inmanencia: “que nosotros
también fuimos dichos, que / nada de lo dicho pertenece a quienes administran
las palabras”, al mismo terreno de la duda desacomplejada: “y descubrir hasta
qué punto somos accesibles a la plenitud
/ de unas flores sin nominar, abecedarias”. La voluntad de “sernos fieles en la
incertidumbre” sigue combinándose con un verso que se escucha y computa, además
de alguna solemne gravedad muy equilibrada: Gragera sabe que la pendiente de la
elegía es fácil, y se inclina con distancia (avisados estamos desde su primer
libro: “Ya verás como siga así este tiempo. Van a proliferar las / elegías” y
vueltos a avisar ahora: el caso de ‘Remoto figurado’).
Quizá sea triste no ser más que
la compañía del tiempo. O no, quién sabe. Pero este libro también, en cualquier
caso, hace esa soledad más tenue.