miércoles, 25 de enero de 2012
CICATRICES INEVITABLES (I)
La aparición de Vitral de voz, primer poemario de Carlos Fernández López (Santiago, 1981), es una ocasión magnífica para reflexionar brevemente sobre el estado de la joven poesía española de corte esencialista. Lo interesante de Vitral de voz (y de los libros de otros compañeros de viaje como, por decir uno, Marcos Canteli) es el modo como se enfrentan a la crisis logocentrista de finales del XX, sobre todo a raíz de las tesis expuestas por Derrida en su libro Márgenes de la filosofía. En su libro, el francés retomaba la crítica platónica al lenguaje y emplazaba la comunicación escrita en un marco definido por la ausencia. De este modo, la escritura (y con ella, el decir poético) sería la marca de una ausencia que pone en solfa conceptos como referencia o intención. Lo que, en mi opinión, gobierna el nuevo rumbo de la poesía esencialista, la que pretende establecer relaciones significativas sólidas mediante los actos de enunciación poética, es su nueva actitud frente al acto expresivo.
Conocido el problema de la dicción poética, su relación inexpresable en plenitud, se ha optado por una nueva estrategia. Y es en esta nueva vía donde Antonio Gamoneda, y concretamente su libro de 1975-76 Descripción de la mentira, tiene mucho que decir. Por lo general, la poética del silencio aboga por una palabra limpia, que jamás es excesiva, donde a cada dicción le corresponde un referente en su proporción exacta: en este contexto, el silencio es propiciatorio, lugar para la presencia. Cuando el silencio se rompe, algo aparece, pero nunca en términos de ruido, de relación desproporcionada. Toda expresión constituirá un hallazgo, una revelación que no significaría si no hubiera sido dicha, la palabra es capaz de enunciar plenamente la experiencia. En este contexto, Descripción de la mentira depara dos cosas: por un lado, una versión sospechante de esa liturgia expresiva y, por otro lado, la creación de un imaginario poético que surtirá a los futuros poetas en sus formas de concebir la inefabilidad.
Descripción de la mentira se sitúa al filo de la incredulidad, y si bien no constituye una presa, tampoco llega a abolirla. La expresión poética expresada como mentira (relación asimétrica entre enunciado y referente), pero una mentira consabida, una mentira ante la que nos seguimos plegando a falta de algo mejor. Describir la mentira es describir una liturgia inefectiva, o parcialmente útil. Sin embargo, aunque Gamoneda respire muy bien el aire crítico de la época, las imágenes que pone en juego para referirse a esa imposibilidad, los atributos de su descripción, van a constituir curiosamente los materiales edificatorios de algunas voces de la nueva hornada. Lo que en Gamoneda serían útiles de demolición, en Canteli o Fernández López son una segunda oportunidad para una relación armoniosa que planteará la comunicación en otros términos. Vitral de voz (por poner un ejemplo) asevera la vigencia plástica de Gamoneda y de cierta “poética del silencio” a la vez que significa un posicionamiento crítico y resistente por parte de cierta poesía española (aquella escrita por la generación nacida en los 70) que comienza a escribir con los conceptos que la deconstrucción y la filosofía del lenguaje han puesto sobre la mesa.
En la tercera parte de su libro Sublevación inmóvil (1953-59) Gamoneda cita a André Malraux: “Ir del signo a la cosa significada es profundizar en el mundo”. Lógicamente, esto sería lo ideal, que el decir poético pudiera ir del signo a la cosa significada. Pero no creo que esto sea posible, pues tal relación no es plena, ya que las partes guardan relación entre ellas, pero nunca llegan a tocarse, y el plano literal, poético, nunca es capaz de presentarnos enteramente su fondo, las aguas poéticas resisten la inmersión. La palabra poética, concebida en términos denotativos (ofrecer la cosa mediante el signo de la cosa), está condenada a la especulación. Condenada a lo que dirá Gamoneda en Descripción de la mentira, ya advertido: “Vienen rostros sin proyectar sombra”, pues no hay tal rostro, sino su representación lingüística, su imagen.
En la misma página donde encontramos estos versos, el poeta asturiano escribe:
“No creo en las invocaciones pero las invocaciones creen en mí: / han venido otra vez como líquenes inevitables”.
El decir poético puede entenderse como invocación, pues al enunciar pretendemos hacer venir a nosotros la cosa significada, mediante su encarnación lingüística. Pero la palabra poética es una invocación espectral, pues el resultado no es la aparición del fenómeno evocado, sino de su fantasmata, su imagen.
El lenguaje es muy frágil (Es el verbo tan frágil, dirá Sandra Santana), un andamio endeble, nuestra relación con él debería asentarse sobre la desconfianza, sin embargo el lenguaje está en nosotros como una fuerza orgánica, una floración inevitable. Este punto que detecta Gamoneda me parece clave, y de hecho es clave si nos atenemos a lo sucedido en campos como la filosofía del lenguaje, los estudios de retórica o los estudios de semántica ficcional. Lo interesante de Descripción de la mentira no solamente es que advierta esta problemática en paralelo a lo que está diciendo gente como Searle o Derrida, sino que sirve de abrevadero poético para las futuras resoluciones, sobre todo las que se están aventurando a principios de este nuevo siglo. Dentro de cierto tipo de poesía (con manga ancha podemos hablar de esencialismo), la evolución que va de Gamoneda a Marcos Canteli o Carlos Fernández López, podría expresarse como el paso de la poesía como líquen a la poesía como cicatriz. Evitar que la palabra sea una mediación, un desplazamiento, una formación hacia afuera, que se deposita, la huella de una humedad intuida, sino constitución por sí misma y en sí misma. El lenguaje como expresión denotativa (según la famosa expresión de Austin) implica una distancia insalvable y es lo que permite a Derrida (aun desde otro paradigma epistemológico) decir que el lenguaje es rastro, huella, presencia de algo que está ausente. En ese sentido, el sistema retórico se asienta en esta idea de desplazamiento, en generar una plusvalía sobre un grado cero (semántico, gramatical…) del lenguaje, en producir una tensión lingüística, un exceso. La retórica está concebida como exceso, como vegetación magnífica. Sin embargo debemos insistir, pedir más. Plantear el lenguaje metafórico como un plano doble, el de la literalidad y el de lo figural, es una entrega demasiado rápida de nuestras armas. En vez de llevar la literalidad hasta una cuota elevada de sentido, deberíamos concebir la retórica poética como una transformación directa en el plano literal, en su sentido más agresivo: que la imagen poética sea pura y exclusivamente operación, sin rebabas, sin pagar los peajes de un procedimiento que al fin y al cabo no deja de ser una simulación técnica, y alcanzar lo que María Zambrano en Algunos lugares de la poesía llama “eficacia de ser vida en plenitud: acción”. Convertir el lenguaje en acción, que signo y cosa significada sean lo mismo, huella de su propio paso, presencia plena, sería la salida lógica a este enredo. ¿Pero cómo hacerlo, si nuestra única herramienta es el signo, una representación?
Los estudios de pragmática de la ficción pueden darnos alguna pista al respecto: el pacto de ficción basado en la suspensión de la incredulidad. Leer el poema y convenir en que lo que se nos cuenta sucede por arte del propio texto, rendirnos ante su existencia.
Según la semántica ficcional (intensiva, en vez de extensiva), el signo lingüístico no tiene referente externo, él es su propio referente a la vez que su enunciación. Esto es lo más cerca que podemos estar de la petición vitalista de Zambrano: ser siendo. Entender el decir poético como un acto performativo que no se basa en la preexistencia de la cosa y posteriormente en su enunciación, sino que sucede únicamente con el propio decir. Este, me parece, es el camino que están recorriendo los autores que mencionaba más arriba. La relación con Gamoneda es, sobre todo, semántica. Las imágenes que este usa para expresar un problema de lenguaje, para metaforizarlo (y desplazarlo), Canteli y Fernández López las usan de un modo distinto: procurando hacer de cada imagen un material, una experiencia, asunto constitutivo sin salpicaduras, talla sin serrín, olvido de la labor, entereza. ¿Por qué entonces esta conexión con Gamoneda?
En primer lugar, porque si bien Gamoneda pertenece todavía a una tradición anterior, la que maneja el lenguaje en términos más o menos denotativos, tiene la valentía de plantear el problema y focalizarlo con nitidez. Porque, como consecuencia de esto, su lenguaje, además de servirle para enunciar la cuestión, constituye una primera respuesta, un primer ensayo de poesía como incisión, lenguaje que crece hacia dentro. Y, en tercer lugar, porque elabora un conjunto de imágenes que vinculan la dicción poética a lo matérico. De este modo, la palabra gamonediana es alegatoria, pero también pide peso, mete ruido, ingresa en el mundo. Y es esta misma palabra la que van a heredar Canteli o Fernández Lopez.
viernes, 13 de enero de 2012
LAS CHICAS MODERNAS ENSEÑAN LAS PIERNAS, LAS CHICAS DE BARRIO LEVANTAN LAS MANOS
Me parece que la modernidad en poesía (si es que significa algo esa palabra, ser moderno) no es una urgencia. Pero a veces tiendo a pensar que esta brilla por su ausencia. Que no se me malentienda, no estoy reclamando modernidad por modernidad, il ne faut pas être moderne para serlo, pero a veces tengo la sensación que la poesía no está a la altura sentimental, atmosférica, de su momento. Voy a poner dos ejemplos: escucho el disco que The XX sacaron en 2009 o el nuevo de Neon Indian, Era extraña, y pienso qué hijos de puta, estos veinteañeros tienen mi edad y están logrando expresar la música de mi época. Escucho Crystalised y pienso que de alguna forma la canción capta un momento que solamente es nuestro, y lo mismo cuando escucho un grupo de chillwave.
Ahora pensemos en Tenían veinte años y estaban locos, la antología de La Bella Varsovia de este verano, ¿hay alguno de nosotros que sea moderno en esa antología?, ¿qué nos hace modernos o qué hace moderna a la poesía?, ¿hay poetas modernos en España? Estoy seguro que todos somos modernos en cierto sentido, pero ¿cómo se detecta eso? ¿La procacidad como actitud en el caso de Constantino Molina, las menciones a la menstruación y el cuerpo impúdicamente mostrado en algunos casos femeninos, en la aparición de The Hulk? Ninguno de estos casos es nuevo, ni la impudicia, ni la palabra polla ni la aparición de un héroe de cómic. Quizá, lo que sí es relativamente nuevo, es su normalización, todas estas cosas están en nuestro kit generacional como si nada, no son una adquisición, sino una actitud que viene de serie y que simplemente termina por modular un poco los grandes temas, ampliar la semántica de lo universal, el pensador de Rodin con el codo apoyado en la otra rodilla. Marinetti y toda su época en general estaban, en mi opinión, un pelín demasiado emocionados con sus cosas. ¿A quién no le alucina la existencia de Internet? Y, sin embargo, internet o la ubicuidad espaciotemporal no formarían parte jamás de mi poética personal o de su concreción formal, precisamente porque su novedad, su valor de presente, es tan explícito, que me parecería ridículo. Y hablo de mis preferencias, por supuesto. Si fuera capaz de incluir, pongamos, un léxico tecnológico en mi poesía, sería siempre baja la absoluta tranquilidad, el menor aspaviento. Lo supuestamente moderno no puede serlo nunca. ¿Entonces, qué? ¿Cómo escribiremos ese poemario que sea la equivalencia poética al XX (o cualquier otro ejemplo) de nuestra época? Cómo transmitir que somos modernos, sin ínfulas, que somos bondadosamente modernos, que nuestra época es absolutamente única y que podemos sentirlo (no hablo de referirse a la época, hablo de transmitirla, nada de apelaciones a nuestra condición socioeconómica). ¿Estamos a tiempo de celebrarnos?
martes, 13 de diciembre de 2011
ECUACIONES DE PÁJAROS
Benjamin Péret, El núcleo del cometa,
Editorial Argonauta, Buenos Aires, 2011
En 1924, en el último párrafo del Primer
manifiesto surrealista, André
Breton decía a propósito de Robert Desnos que este era quien más cerca estaba
de la verdad surrealista: “Desnos habla en surrealista cuando le da la gana”,
que en su voz fluía a la perfección su pensamiento y que si no lo fijaba en
palabras era porque “prefiere hacer otras cosas más importantes”. Por aquél
entonces, mientras Desnos era el poeta interesado en la hipnosis, donde había
acampado al raso, Péret, a pesar de ser un miembro decisivo en la creación del
movimiento surrealista, era simplemente el poeta enigmático que hacía
“ecuaciones de pájaros”. Con el tiempo Desnos y Breton se alejarían por
divergencias poéticas y en 1966, en su Antología
del humor negro, Breton diría de Péretl:“Nadie más realizó plenamente sobre el
verbo la operación correspondiente a la ‘sublimación’ alquímica que consiste en
provocar la ‘ascensión de lo sutil’ mediante su ‘separación de lo espeso’.”Lo
espeso, aquí, será “esa corteza de significado exclusivo con la que el uso ha
recubierto todas las palabras y que no deja prácticamente espacio para sus
asociaciones”. Y con esto llego a donde me interesa. Es cierto que hoy en día,
aleccionados por lecturas y lecturas de Aleixandre, Lorca, Pizarnik o incluso
el Walt Disney de La bella y la bestia,
a nadie sorprende la estrategia de los surrealistas y la creación asociativa es
un recurso habitual en el zurrón poético. Pero no está de más poner las cosas
en su sitio y abrillantar ciertos nombres.
El núcleo
del cometa que acaba de publicar
la Editorial Argonauta no es ningún cimiento, pero es un espléndido poliestireno expandido para
rellenar fisuras groseras, uno de esos trabajos editoriales que permiten, con
calzado sigiloso, que no nos falte de nada en las librerías. Este volumen, de
apenas 150 páginas, traduce el ensayo Le
noyau de la comète, texto introductorio que escribiera Péret para su Antología del amor sublime de 1956. Le
sigue una breve recopilación de poemas de sus libros más significativos, con
especial énfasis en su obra de 1936, Je
sublime. En esa anfibología (“yo, sublime” o “yo sublimo”) está la conexión
con el ensayo estelar y una clave verbal que es la espina más gorda del
surrealismo. Además de un repaso muy recomendable por la historia del
pensamiento erótico, El núcleo del cometa
presenta una concepción amorosa (“sublime”) que aspira a una nueva plenitud,
donde carnalidad y espiritualidad son imprescindibles para lograr una unión
absoluta. Según Péret, el amor sublime alcanza sus cimas porque antes ha
atravesado los repechos y ha mojado sus tobillos en los regatos que crecen al
pie. No hay que ser muy listo para ver en esta idea el celofán erótico de una
poesía automática que no teme a la combinación más sorprendente. El pack del
amor no es que incluya el folleteo, es que lo exige como materia medular. La
creación poética no puede, tampoco, caminar por el barro levantándose las
faldas. Hay que mezclar, alambicar, probar una y otra vez hasta encresparse el
pelo y llenarse la cara de azufre. En este sentido, las raíces combinatorias
son muy distinguibles en Péret, y por eso su lectura resulta, además de
fascinante, toda una lección de cómo mezclar la esfera natural, el mundo
industrial y la sección de objetos domésticos.
Por último, este libro es también una muestra de
las conexiones entre Francia y Sudamérica. Como ya sucediera en la french
connection de Darío y Amado Nervo, enlazados con Verlaine o Catulle Mendés; los
poemas del libro de Péret (traducidos en su mayoría por los poetas Aldo
Pellegrini y César Moro, argentino uno y peruano el otro) son la prueba de las
conexiones entre el primer surrealismo francés y la deriva transoceánica, a
partir de la traducción y difusión de los textos franceses en revistas
sudamericanas. Así, este libro permite seguir trazando trayectorias radiales en
torno al surrealismo nuclear, como es el caso de la recuperación del libro del
propio César Moro, La tortuga ecuestre y
otros poemas en español (Biblioteca Nueva, 2004) o los textos de la
ramificación estadounidense del Grupo surrealista de Chicago en ¿Qué hay de nuevo, viejo? (Pepitas de
calabaza ed., 2008).
ANTOLOGÍA DE ANSIOSOS
VV. AA., La escuela de Wallace Stevens, Vaso Roto ediciones, 2011, con textos introductorios de Harold Bloom. Traducción de Jeannette L. Clariond
Tengo un problema con Harold Bloom (Nueva York,
1930), lo confieso. Por lo general, sus tesis principales son comprensibles: el
don puro del genio; la agonística que
implican las relaciones interpoéticas y que resume bajo el concepto de misreading o dialéctica entre la presión
de la influencia y la libertad creativa que esa misma influencia permite; la
expresión de ese combate en un ejercicio de imaginación que nos conmueve y
encumbra nuestra percepción; el abordaje crítico amparado fundamentalmente en
la estética; etcétera. Pero esta comprensión básica no es suficiente y Harold
Bloom me frustra. Su análisis crítico siempre me ha parecido estar más próximo
a la verdad poética, que carece de argumentación, y echo de menos una logopedia
mínima que tenga en cuenta que hay un lector al otro lado que no es experto en
cabalística ni en gnosticismo. No hay problema, hablemos de cábala, hablemos de
gnosis, apelemos al clinamen y a la
etimología de las cartas paulinas, pero Bloom a menudo no cumple con el rigor
argumentativo, la cohesión y la luminosidad que debería tener un texto
supuestamente divulgativo, por compleja que sea la
materia. El
mismo Canon occidental es un tesoro
de ilusiones perdidas, de conatos ilustrativos que terminan en mera
aseveración.
La escuela de Wallace Stevens presenta una antología de poesía norteamericana (17
poetas, de Stevens a Li-Young Lee) pespunteada por textos introductorios a
cargo de Bloom (introductorios en el sentido meramente ordinal), concertada y
orquestada por Jeannette L. Clariond, a quien debemos un prólogo brillante. Si tenemos en cuenta que los poemas seleccionados
vienen dados por las introducciones de Bloom (son los ejemplos que él cita,
mayormente), he aquí un modo perfecto para aproximarnos a esa poesía que Bloom
llama emersoniana, orfismo
estadounidense o sublime americano (una lectura paralela de su La religión americana dará sus frutos),
donde sobresale la exaltación del yo como un cosmos en perpetua transición, un
yo daimonizado que dialoga cara a
cara con la naturaleza. La propuesta de la
editorial Vaso Roto es una lectura jerarquizada de todo un siglo de
poesía a raíz de las obras de Hart Crane (El
puente) y Wallace Stevens (Las
auroras de otoño), a partir de las cuales se desprenderían luego Bishop,
Ashbery o Mark Strand. A pesar del título, luego se desmiente esta organización
y se instaura a Stevens como verdadero gran padre. Un Stevens que, en realidad,
es Emerson. Dice Clariond en su texto: “La escuela de Wallace Stevens se nutre
de Longino en el sentido sublime y de Ralph Waldo Emerson en su mirada a la
naturaleza”. Longino no me parece tan decisivo,
pues Bloom habla de sublime americano,
esto es, emersonismo –que ya lo
subsume–, al que se refiere como verdadera veta
nativa de la poesía norteamericana.
Si hay un lugar donde Bloom se expresa claramente a
propósito de Emerson es en su libro ¿Dónde
se encuentra la sabiduría? Ahí encontramos las dos vertientes que, en mi
opinión, recorren esta antología. Por un lado, el anverso poderoso, en palabras de Emerson: que
“reside en el momento de transición de un pasado a un nuevo estado, en cruzar
velozmente un abismo, en lanzarse a por un objetivo”, eso que Bloom llama la
desencarnación/encarnación del poeta órfico, y que tan bien representa el poema
de A. R. Ammons, ‘Ensenada Carsons’. El reverso es esa necesidad de comunidad
que exalta el yo en lo uno: “compartir la naturaleza del mundo”, ese vérselas
cara a cara con la divinidad que trasluce una soledad dolorosa y que ejemplifica un verso de Anne Carson: “Una
forma de postergar la soledad es interponer a Dios”, donde Dios funcionaría como
lugar de integración donde el yo se
exalta. Si bien el criterio de Clariond/Bloom es sólido y funciona la
selección, no así los textos introductorios de Bloom: las fuentes de estos son
dispares (son publicaciones de 1976, 1998 o 2003) y por ello se echa de menos cierta
continuidad en el discurso. Salvando esa consideración y por encima de mis problemas
con Bloom, este es un recibidor de lujo para descubrir una tradición poética
arrolladora.
Texto publicado originalmente en Quimera, número 337.
Texto publicado originalmente en Quimera, número 337.
jueves, 24 de noviembre de 2011
A SHADOW COUNTRY, A WHITE CASTLE
Peter Matthiessen. País de sombras. Seix Barral. 2010. Traducción de Javier Calvo.
A finales del XIX, el novelista estadounidense
John William DeForest plantea en su ensayo The
Nation la posibilidad de una Great
American Novel, una narración que daría cuenta de las “formas y emociones
cotidianas de la existencia Americana”. En invierno del 2000, The Paris Review publica una entrevista
larga con el novelista Peter Matthiessen (Nueva York, 1927): “Quizá todos
estemos escribiendo la Gran Novela Americana, cada uno a su manera”. Esta aseveración
de Matthiessen probablemente sea una gran respuesta: con rigor, el proyecto
americano es absurdo si tenemos en cuenta que las formas de existencia
americana son cambiantes, como todo. Por eso, quizá lo más parecido a la
captura del alma americana sea su literatura al completo y en marcha. También
podemos pensar que la Gran Novela Americana es sólo una promesa para mantener
vivo el deseo comercial, la hamburguesa de la cadena White Castle que Harold y
Kumar ven anunciada en el televisor de su casa una tarde de colocón en Dos colgaos muy fumaos (2004). Para DeForest,
este proyecto narrativo sería posible pronto, y pertenecería a los “Newcomes”,
a los “Miserables”, a los (re)fundadores. En su película, Harold y Kumar, un
hindú y un coreano, emprenden un viaje repleto de peripecias hasta Brunswick,
Nueva Jersey, para comer una hamburguesa en el restaurante de comida rápida más
antiguo de América. Quizá esa promesa −acometible o no, se cumpla o no− es
parte del imaginario colectivo americano; la persecución de una idea, de un
deseo o de una imposibilidad.
Una buena
expresión de esta persecución sería la narrativa mítica, por su buena disposición
para lo sublime. Como en Moby Dick,
la hamburguesa del White Castle es una promesa que se manifiesta al final.
Porque lo que construye Moby Dick (la
obra y la figuración animal) es todo lo que se dice sobre la propia ballena, lo
que sucede durante su búsqueda, los sueños que concentra o los temores que
invoca. El mito, ya sea una ballena blanca o una hamburguesa barata, es la
construcción que suplanta al suceso mondo y lirondo. Si es que existe el
suceso. El mito somos nosotros contando el mundo. La cosa y sus ficciones. A
todo esto, se ha publicado en España este último año País de sombras. Como ya se ha dicho en otras reseñas, el último
libro de Peter Matthiessen es una relectura del mito del hombre americano
seminal, el pionero, el que descubre y
destruye en un mismo movimiento. Peter Matthiessen ha escrito, si es que
escribir es exactamente la palabra, la
historia de Edgar J. Watson (1855-19110), “pionero de Florida y forajido de la
frontera americana que cometió múltiples asesinatos y murió a manos de sus
vecinos en un crimen que obsesionó a su hijo”, una historia sobre cómo se
construyen las historias. Cómo se recitan. País
de sombras comienza con un estribillo endemoniado que cuenta los sucesos
del 24 de octubre de 1910, la fecha del asesinato de Watson. La narración
objetiva o desenfocada de los hechos nucleares se cuenta en seguida, en una
zona desértica o paratextual, el prólogo. Matthiessen entrega la intriga al lector a las primeras de cambio para
trasladarlo inmediatamente al terreno de lo puramente diegético. No es cuestión
de narrar nada en sí, sino la historia de una reelaboración, el proceso de
conversión de una vida real a palabras y más palabras, hasta la fantasmagoría.
¿Qué sucedió? ¿Cómo murió? ¿Quién contó bien su historia? Partícipes del
recital, sólo podemos remitirnos al texto de la contraportada y parafrasear ese
motivo primero: la hamburguesa, la ballena, que Edgar J. Watson fue un pionero
de Florida, forajido, asesino, muerto a manos de sus vecinos. Esta enunciación,
la única posible y supuestamente la más real (no cuestiona ni matiza nada) ya es
casi mítica, fosilizada, piedra sinóptica.
No es el propio tema, qué sea, sino su
aventura quien lo definirá. Esto en País
de sombras supone ciertas formas de escritura y de lectura: una extensión (País de sombras supera las mil páginas,
sin contar el manuscrito…), una unidad indivisible y en tensión, y la paciencia
para esperar el texto y entrar en él.
“Mi interés no está puesto en el final del libro sino en el sentimiento
de ese final, en la destilación de todas las imaginaciones e intuiciones que lo
preceden”. Apelando a la obra de Melville, dirá también: “Todos hemos escuchado
quejas sobre Moby Dick, toda esa
información ‘aburrida e innecesaria’ sobre las ballenas. Pero sin embarcarnos
en todo ese duro viaje, con todos sus detalles −el alquitranado olor de las
cuerdas de cáñamo, la herrumbre de los arpones, el crujido de los mástiles y el
sacudir de las velas, el viento del océano; cada momento en el que la
tripulación recuerda los peligros del mar, en el que aprieta el temor acumulado
por la ballena−, sin conocer eso, ¿en qué disposición estaríamos para reunirnos
con los tripulantes en los pasajes finales del libro?” La relectura de Matthiessen
no solamente atañe a cuestiones de perspectiva narrativa o veracidad
argumental, sino que es una lección de las virtudes del realismo en la
construcción de lo atmosférico, o del
manejo del ritmo para propiciar un tiempo interno (el que ha de sentir el lector,
no el del reloj externo) que “prepare al lector, educándolo sin cesar para lo
que está por venir”.Por ello me parece un tanto absurda la polémica mediática
que se generó con la nominación (y posterior concesión) del National Book Award
de 2008 (The New York Times, 12-11-2008: Are
3 Novels, Revised as One, a New Book?), sobre si se trataba de una
recopilación de tres obras o de otra
cosa nueva. Si bien es cierto que País de
sombras ya se había publicado en tres volúmenes a lo largo de los 90, el
propio autor asegura que su historia siempre fue una historia unitaria, con
décadas de existencia en la mente de su creador, fragmentada finalmente en tres
libros por cuestiones editoriales. La repatriación de sus contenidos al monovolumen
permite la recuperación de los efectos genuinos de la obra, absolutamente
premiables.
Porque País de sombras, salvo por la ramificación de algunos pasajes en
la segunda parte, es mayúsculo en todos los sentidos: por su capacidad de
convocar un mundo poderosamente “real” (ese sentido de lo real que tienen las
buenas novelas, que logra que todo suene inevitable) cosido a mano con una
prosa súper precisa, rayana en lo poético, sin que por ello nos moleste
ampulosidad alguna; porque sin someterse a exigencias simbólicas que menoscaben
el relato, por lo bajini, construye toda una alegoría nacional; y porque es
toda un reflexión sobre la conversión de la realidad en lenguaje mítico. Los
modelos narrativos de la entrevista collage (parte uno: País de sombras) se
mezclan con la investigación detectivesca y filosófica (parte dos: Río Lost
Man), la confesión autobiográfica (parte tres: Hueso a hueso) o el mismo
ejercicio de la omnisciencia que supone la novelización de las tres partes; y propician,
todas a la vez, la destrucción y la supervivencia de la historia.
El individualismo rabioso del hombre
americano, de quien se hace a sí mismo, expresado en la figura de Edgar J.
Watson, es el de la expulsión del paraíso, el de la libertad peligrosa y bella,
que no tiene límites. La vida norteamericana como un salir afuera (de lo
social) y encontrarse bajo la inmensidad del horizonte, libre y desamparado. La
vida de Edgar J. Watson como desajuste de escala entre el hombre y sus deseos
expansivos. Ahí Matthiessen sigue la tradición neosublime de las figuras y
paisajes fílmicos de Terrence Malick (con quien comparte estética ecológica) o
del elogio de lo catastrófico de Walter de Maria. El movimiento del mito: la
salida del lenguaje al afuera, a la narración, que pone en peligro la verdad
narrativa para introducirla en el círculo vicioso/virtuoso de la recreación.
Cuando Edgar J. Watson ponga el primer pie fuera de Carolina del Sur estará
dando lugar a su historia, pero la narración de esa misma historia la destruirá
por completo en el momento en el que los hechos se pongan en comunicación,
arrasados por la extensión desproporcionada del paisaje, aniquilados por el
sinfín de voces que contarán su vida para forjar la leyenda.
A finales del XIX, el novelista estadounidense
John William DeForest plantea en su ensayo The
Nation la posibilidad de una Great
American Novel, una narración que daría cuenta de las “formas y emociones
cotidianas de la existencia Americana”. En invierno del 2000, The Paris Review publica una entrevista
larga con el novelista Peter Matthiessen (Nueva York, 1927): “Quizá todos
estemos escribiendo la Gran Novela Americana, cada uno a su manera”. Esta aseveración
de Matthiessen probablemente sea una gran respuesta: con rigor, el proyecto
americano es absurdo si tenemos en cuenta que las formas de existencia
americana son cambiantes, como todo. Por eso, quizá lo más parecido a la
captura del alma americana sea su literatura al completo y en marcha. También
podemos pensar que la Gran Novela Americana es sólo una promesa para mantener
vivo el deseo comercial, la hamburguesa de la cadena White Castle que Harold y
Kumar ven anunciada en el televisor de su casa una tarde de colocón en Dos colgaos muy fumaos (2004). Para DeForest,
este proyecto narrativo sería posible pronto, y pertenecería a los “Newcomes”,
a los “Miserables”, a los (re)fundadores. En su película, Harold y Kumar, un
hindú y un coreano, emprenden un viaje repleto de peripecias hasta Brunswick,
Nueva Jersey, para comer una hamburguesa en el restaurante de comida rápida más
antiguo de América. Quizá esa promesa −acometible o no, se cumpla o no− es
parte del imaginario colectivo americano; la persecución de una idea, de un
deseo o de una imposibilidad.
Una buena
expresión de esta persecución sería la narrativa mítica, por su buena disposición
para lo sublime. Como en Moby Dick,
la hamburguesa del White Castle es una promesa que se manifiesta al final.
Porque lo que construye Moby Dick (la
obra y la figuración animal) es todo lo que se dice sobre la propia ballena, lo
que sucede durante su búsqueda, los sueños que concentra o los temores que
invoca. El mito, ya sea una ballena blanca o una hamburguesa barata, es la
construcción que suplanta al suceso mondo y lirondo. Si es que existe el
suceso. El mito somos nosotros contando el mundo. La cosa y sus ficciones. A
todo esto, se ha publicado en España este último año País de sombras. Como ya se ha dicho en otras reseñas, el último
libro de Peter Matthiessen es una relectura del mito del hombre americano
seminal, el pionero, el que descubre y
destruye en un mismo movimiento. Peter Matthiessen ha escrito, si es que
escribir es exactamente la palabra, la
historia de Edgar J. Watson (1855-19110), “pionero de Florida y forajido de la
frontera americana que cometió múltiples asesinatos y murió a manos de sus
vecinos en un crimen que obsesionó a su hijo”, una historia sobre cómo se
construyen las historias. Cómo se recitan. País
de sombras comienza con un estribillo endemoniado que cuenta los sucesos
del 24 de octubre de 1910, la fecha del asesinato de Watson. La narración
objetiva o desenfocada de los hechos nucleares se cuenta en seguida, en una
zona desértica o paratextual, el prólogo. Matthiessen entrega la intriga al lector a las primeras de cambio para
trasladarlo inmediatamente al terreno de lo puramente diegético. No es cuestión
de narrar nada en sí, sino la historia de una reelaboración, el proceso de
conversión de una vida real a palabras y más palabras, hasta la fantasmagoría.
¿Qué sucedió? ¿Cómo murió? ¿Quién contó bien su historia? Partícipes del
recital, sólo podemos remitirnos al texto de la contraportada y parafrasear ese
motivo primero: la hamburguesa, la ballena, que Edgar J. Watson fue un pionero
de Florida, forajido, asesino, muerto a manos de sus vecinos. Esta enunciación,
la única posible y supuestamente la más real (no cuestiona ni matiza nada) ya es
casi mítica, fosilizada, piedra sinóptica.
No es el propio tema, qué sea, sino su
aventura quien lo definirá. Esto en País
de sombras supone ciertas formas de escritura y de lectura: una extensión (País de sombras supera las mil páginas,
sin contar el manuscrito…), una unidad indivisible y en tensión, y la paciencia
para esperar el texto y entrar en él.
“Mi interés no está puesto en el final del libro sino en el sentimiento
de ese final, en la destilación de todas las imaginaciones e intuiciones que lo
preceden”. Apelando a la obra de Melville, dirá también: “Todos hemos escuchado
quejas sobre Moby Dick, toda esa
información ‘aburrida e innecesaria’ sobre las ballenas. Pero sin embarcarnos
en todo ese duro viaje, con todos sus detalles −el alquitranado olor de las
cuerdas de cáñamo, la herrumbre de los arpones, el crujido de los mástiles y el
sacudir de las velas, el viento del océano; cada momento en el que la
tripulación recuerda los peligros del mar, en el que aprieta el temor acumulado
por la ballena−, sin conocer eso, ¿en qué disposición estaríamos para reunirnos
con los tripulantes en los pasajes finales del libro?” La relectura de Matthiessen
no solamente atañe a cuestiones de perspectiva narrativa o veracidad
argumental, sino que es una lección de las virtudes del realismo en la
construcción de lo atmosférico, o del
manejo del ritmo para propiciar un tiempo interno (el que ha de sentir el lector,
no el del reloj externo) que “prepare al lector, educándolo sin cesar para lo
que está por venir”.Por ello me parece un tanto absurda la polémica mediática
que se generó con la nominación (y posterior concesión) del National Book Award
de 2008 (The New York Times, 12-11-2008: Are
3 Novels, Revised as One, a New Book?), sobre si se trataba de una
recopilación de tres obras o de otra
cosa nueva. Si bien es cierto que País de
sombras ya se había publicado en tres volúmenes a lo largo de los 90, el
propio autor asegura que su historia siempre fue una historia unitaria, con
décadas de existencia en la mente de su creador, fragmentada finalmente en tres
libros por cuestiones editoriales. La repatriación de sus contenidos al monovolumen
permite la recuperación de los efectos genuinos de la obra, absolutamente
premiables.
Porque País de sombras, salvo por la ramificación de algunos pasajes en
la segunda parte, es mayúsculo en todos los sentidos: por su capacidad de
convocar un mundo poderosamente “real” (ese sentido de lo real que tienen las
buenas novelas, que logra que todo suene inevitable) cosido a mano con una
prosa súper precisa, rayana en lo poético, sin que por ello nos moleste
ampulosidad alguna; porque sin someterse a exigencias simbólicas que menoscaben
el relato, por lo bajini, construye toda una alegoría nacional; y porque es
toda un reflexión sobre la conversión de la realidad en lenguaje mítico. Los
modelos narrativos de la entrevista collage (parte uno: País de sombras) se
mezclan con la investigación detectivesca y filosófica (parte dos: Río Lost
Man), la confesión autobiográfica (parte tres: Hueso a hueso) o el mismo
ejercicio de la omnisciencia que supone la novelización de las tres partes; y propician,
todas a la vez, la destrucción y la supervivencia de la historia.
El individualismo rabioso del hombre
americano, de quien se hace a sí mismo, expresado en la figura de Edgar J.
Watson, es el de la expulsión del paraíso, el de la libertad peligrosa y bella,
que no tiene límites. La vida norteamericana como un salir afuera (de lo
social) y encontrarse bajo la inmensidad del horizonte, libre y desamparado. La
vida de Edgar J. Watson como desajuste de escala entre el hombre y sus deseos
expansivos. Ahí Matthiessen sigue la tradición neosublime de las figuras y
paisajes fílmicos de Terrence Malick (con quien comparte estética ecológica) o
del elogio de lo catastrófico de Walter de Maria. El movimiento del mito: la
salida del lenguaje al afuera, a la narración, que pone en peligro la verdad
narrativa para introducirla en el círculo vicioso/virtuoso de la recreación.
Cuando Edgar J. Watson ponga el primer pie fuera de Carolina del Sur estará
dando lugar a su historia, pero la narración de esa misma historia la destruirá
por completo en el momento en el que los hechos se pongan en comunicación,
arrasados por la extensión desproporcionada del paisaje, aniquilados por el
sinfín de voces que contarán su vida para forjar la leyenda.
La escena liminar del libro, la muerte
de Edgar J. Watson, principio y final del mito, parece recomponer la estampa
romántica típica: precipitándose hacia su propio final en la bahía de
Chokoloskee, contemplamos una diminuta figura erguida sobre una lancha,
envuelta por las asíntotas del mar del cielo y de las malas lenguas, que se han
unido apenas unas horas antes en el terrible huracán que arrasará toda la costa
de los Everglades. Pasada la
tormenta, sólo quedará canción.
Artículo publicado originalmente en Revista de Letras: http://www.revistadeletras.net/pais-de-sombras-de-peter-matthiessen/
Artículo publicado originalmente en Revista de Letras: http://www.revistadeletras.net/pais-de-sombras-de-peter-matthiessen/
sábado, 12 de noviembre de 2011
MARCHANDO UNA DE KINGPIN
Punisher MAX: Kingpin. Guión de Jason Aaron, dibujo de Steve Dillon, color de Matt Hollingsworth. Panini. 2011.
Veamos dos ejemplos de esto en el cómic. Uno a través del uso de una viñeta
y otro mediante la composición de la página. Hacia el final del primer número
del volumen, vemos una viñeta en donde aparece Fisk de espaldas, mirando por la
ventana mientras habla por teléfono y recibe órdenes. Esta escena aparentemente
es transitiva, banal, pero no. Es indicativo que al volver la página nos demos
de bruces con una ilustración a toda página con la cara de Fisk, y con el
título del segundo episodio: Kingpin. Fisk de espaldas, Kingpin frontalmente.
Ese giro es un movimiento significativo y por ello está situado a caballo entre
dos episodios, como evolución estructural. Lo interesante de esa viñeta es el
diálogo que establece con el lector a través de una iconografía predispuesta:
una de las imágenes típica del rey del crimen es la envergadura de su cuerpo en traje blanco
y con bastón rematado en diamante, en lo alto de la torre Fisk (desde donde
preside su imperio económico), fija la mirada en la ciudad que se despliega a
sus pies, a través de las paredes acristaladas. Esa estampa que el lector
maneja entra en tensión inmediatamente con la viñeta de Aaron/Dillon. Fisk en
vez de Kingpin, camiseta negra en vez del traje de etiqueta, ventana
convencional con cortina en lugar del cristal lavada una vez por semana en el
piso 44. La visión del skyline neoyorkino es clara: la mirada de Fisk queda por
debajo de los edificios, el paisaje actua de modo metonímico para referirse
a un poder en ciernes. Una viñeta decisiva que funciona narrativamente en la
historia a la vez que cuestiona la representación tradicional de Kingpin. Ahora resulta que el poder no se da ni se recibe, se alcanza. Es interesante ver,
también, cómo Dillon juega con el volumen del cuerpo de Fisk, donde su espalda
o su cabeza generalmente ocupan todo el espacio concedido por el marco. Se
trata de un recurso heredado por décadas de figuración del personaje, pero que
en este nuevo contexto posmítico nos habla de la ocupación del poder, que toda
toma de poder tiene poco de sagrado y mucho de violencia posteriormente sublimada.
Se cumple poco más de una década (corría el 2000 en los USA) desde que
Garth Ennis rescatara la serie de Punisher
de una existencia anodina y caramelizada, para explosionarlo mediante dosis de
violencia hiperbólica y humor negro. La llegada de Jason Aaron (Alabama, 1973)
como guionista (el pasado 2010, y que ahora llega a España con Panini, si bien
en USA lleva ya 17 números por el momento) y su primera publicación para la
serie, Punisher MAX: Kingpin, nos
demuestra que los enérgicos parámetros instaurados por Ennis se mantienen.
Solamente hay que ver quién acompaña a Aaron a los lápices: ni más ni menos que
Steve Dillon, escudero de Ennis en sus mayores aventuras (Predicador,
Hellblazer…).
La historia que nos plantea Aaron significa varias cosas: por un lado,
recuperar para la serie Punisher MAX
a uno de los villanos más entrañables del paisaje Marvel, con quien el
personaje ya había tenido célebres enfrentamientos a finales de los 80; y por
otro, dar un paso más allá de Ennis en la construcción de los argumentos, sin
por ello dejar de rendir homenaje al guionista norirlandés a modo de rito de paso.
Punisher MAX: Kingpin reescribe la historia de Wilson Fisk, alias
Kingpin, rey absoluto del crimen, entrecruzando la ascensión de Fisk al trono
criminal con la aparición de Frank Castle, el veterano de guerra convertido en
Punisher tras la muerte de su esposa e hijos a manos de la mafia. Aaron le toma
muy bien el pulso al Castle de Ennis ya desde las primeras páginas, donde la
crueldad del antihéroe queda fuera de toda duda y explicación, o en las muertes
de los sicarios y mafiosos de medio pelo, que
constituyen todo un catálogo de muertes y lesiones alocadas desde que el
Punisher de Ennis se cargara a los hijos de Ma Gnucci en su primer contacto con
el personaje. Lo que constituye, a mi juicio, el homenaje mayor a esa etapa
desbocada es la pelea que inventa Aaron entre Castle y una especie de sicario
amish, con participación de un carruaje de caballos y festival de vísceras, y
cuyo enfrentamiento final recuerda mucho a la primera pelea de Castle con El
Ruso.
La principal novedad que supone esta nueva etapa (el volumen de Panini
recopila Punisher MAX: Kingpin 1-5#)
es el abandono de los arcos argumentales marcadamente lúdicos para reflexionar,
por lo menos esta vez, acerca de la construcción del mito. Si bien Ennis ya
había incursionado en ese terreno en Punisher
MAX: Born, el tratamiento de Ennis puede entenderse más bien como reflexión
sobre la psicología del mal en Frank Castle. De lo contrario, Aaron parece interesarse
por la naturaleza constructiva de cierta idea de superhéroe. En ese sentido la
lucha Kingpin-Punisher se produciría en dos niveles: el de la historia,
obediencia a cierta tradición del enfrentamiento entre héroe-villano, y como
disquisición paralela acerca de cómo están construidos ambos modelos, la pelea
viñeta a viñeta por construir una identidad imperecedera.
Revisitar viejas historias y versionar sus cimientos es inevitable si
tenemos en cuenta que la casa de las
ideas lleva más de medio siglo narrando las aventuras de los mismos
personajes. Pero una cosa es reformar el baño (la avalancha Ultimate o un caso concreto como Lobezno: Origen) y otra muy distinta
cuestionar dónde hay que ubicar el bidé y si todavía es necesario. Aquí el bidé
son Kingpin y Punisher y su historia una meditación violenta sobre las
propiedades del gres y los metales cromados. La trama de Aaron es la siguiente:
en el mundo criminal, Kingpin es una leyenda o por lo menos una figura
espectral. Se dice que lo controla todo, desde las finanzas hasta los
trapicheos de los bajos fondos. Todos hablan de él, pero nadie lo ha visto.
Ante esta situación, Wilson Fisk, un matón de medio pelo que tiene una masa
muscular que acoquina y un pasado traumático que no se queda atrás, decide ocupar
ese vacío mítico y convertirse en Kingpin. A la etiqueta que dice 15.000 gramos de carne sin picar, Wilson Fisk decide ponerle
bulto y color. Y esa estrategia intradiegética nos lleva a una interesante
reflexión sobre la naturaleza del superhéroe como resorte narrativo, como pin
intercambiable generación tras generación, que funciona en la mente de autores
y lectores década tras década, y que esta vez es llevado hasta el interior de
la viñeta.
Aaron decide meter al anónimo Wilson Fisk en la piel de Kingpin porque ese
es el movimiento del mito, un lugar común reconocible en el que todos podemos
concretarnos, un aspirador de última generación que no hace ruido y reclama
periódicas absorciones. Y que Fisk sea algo así como un pringado no es baladí.
El interior de la naturaleza mítica es una construcción porque el mito como
referente asombroso es una entelequia que no se sostiene por sí misma. Kingpin
o Punisher no tienen ningún poder, no tienen la fuerza del Juggernaut ni la
agilidad chistosa de Peter Parker, que resultan valores superheroicos en sí
mismos. Punisher es el humano demasiado humano que concibe lo magnífico y lo
construye: la narrativa interior de Castle (esas voces monologales que
acompañan la descarga de munición y que comentan la acción en tiempo real)
expresa esa naturaleza autoconstructiva, así como el uso de poderes que o bien
no tienen nada del otro mundo (Castle es puro músculo entrenado en el ejército
y una suerte que te cagas para que la Marvel pueda seguir publicando un próximo
episodio) o son pura razón instrumental (de la Uzi al lanzallamas). El Kingpin
de Aaron se inscribe en esa liga de los pringuis que quieren ser como Supermán
por sus cojones, como el personaje de Millar en Kick Ass. Kingpin como villano hecho a sí mismo, como humanidad que
se proyecta en las estrellas que ha fabricado el cine. El Kingpin de Aaron es
Javier Cámara ante el espejo jugando a ser Travis Bickle en Taxi Driver. Kingpin jugando a ser
Kingpin y de repente consiguiéndolo a fuerza de astucia y bíceps, porque no
existe la telekinesia, ni la picadura de la araña ni los implantes de
adamantio, solo el curro y el trabajo y el oficio del ladrillo. Eso es el mito.
Y mola.
Veamos dos ejemplos de esto en el cómic. Uno a través del uso de una viñeta
y otro mediante la composición de la página. Hacia el final del primer número
del volumen, vemos una viñeta en donde aparece Fisk de espaldas, mirando por la
ventana mientras habla por teléfono y recibe órdenes. Esta escena aparentemente
es transitiva, banal, pero no. Es indicativo que al volver la página nos demos
de bruces con una ilustración a toda página con la cara de Fisk, y con el
título del segundo episodio: Kingpin. Fisk de espaldas, Kingpin frontalmente.
Ese giro es un movimiento significativo y por ello está situado a caballo entre
dos episodios, como evolución estructural. Lo interesante de esa viñeta es el
diálogo que establece con el lector a través de una iconografía predispuesta:
una de las imágenes típica del rey del crimen es la envergadura de su cuerpo en traje blanco
y con bastón rematado en diamante, en lo alto de la torre Fisk (desde donde
preside su imperio económico), fija la mirada en la ciudad que se despliega a
sus pies, a través de las paredes acristaladas. Esa estampa que el lector
maneja entra en tensión inmediatamente con la viñeta de Aaron/Dillon. Fisk en
vez de Kingpin, camiseta negra en vez del traje de etiqueta, ventana
convencional con cortina en lugar del cristal lavada una vez por semana en el
piso 44. La visión del skyline neoyorkino es clara: la mirada de Fisk queda por
debajo de los edificios, el paisaje actua de modo metonímico para referirse
a un poder en ciernes. Una viñeta decisiva que funciona narrativamente en la
historia a la vez que cuestiona la representación tradicional de Kingpin. Ahora resulta que el poder no se da ni se recibe, se alcanza. Es interesante ver,
también, cómo Dillon juega con el volumen del cuerpo de Fisk, donde su espalda
o su cabeza generalmente ocupan todo el espacio concedido por el marco. Se
trata de un recurso heredado por décadas de figuración del personaje, pero que
en este nuevo contexto posmítico nos habla de la ocupación del poder, que toda
toma de poder tiene poco de sagrado y mucho de violencia posteriormente sublimada.
El segundo ejemplo es interesante por el uso que Dillon hace de la
composición simétrica para reforzar la oposición (y a la vez el paralelismo)
entre Castle y Fisk como variantes de un mismo modelo de construcción mítica. Se trata de una página
del segundo número, dividida en 6 viñetas en las que vemos cómo ambos
personajes tratan, sucesivamente, con un grupo de prostitutas. Tanto Fisk como
Castle las sobornan para poder difundir u obtener información. Así, la versión de
los hechos míticos se reduce a un mero negocio de poder a cambio de discurso. El poder
de Punisher y el de Kingpin proviene, como decía, de la elaboración estratégica,
de la suma continua e inteligente de viñetas que lleva finalmente al dibujo impactante de la
portada, lugar mítico por posición.
domingo, 30 de octubre de 2011
CUERPO A CUERPO: ENFERMEDAD Y POESÍA EN LOIS PEREIRO
Lois Pereiro. Obra completa. Libros del silencio. 2011.
Para
tratar semánticamente la enfermedad, debemos hacer una última concesión
referencial. La maldición en Pereiro, por lo menos la condenación física que
significó el síndrome del aceite tóxico —la enfermedad de la colza— no fue una
responsabilidad achacable al propio autor, sino al azar. Que Pereiro enfermara
de colza es hasta cierto punto aleatorio, de modo que sus virtudes poéticas hay
que buscarlas en la formalización poética, ni siquiera en la mera presencia
semántica. Cuando Paul Verlaine en 1884 escribe su ensayo de crítica literaria Los
poetas malditos, está manejando como antólogo un criterio de tipo
socioeconómico: son poetas malditos aquellos que, mereciéndolo, apenas han
publicado todavía, cuando deberían haberlo hecho sobradamente a estas alturas.
Pero hay un criterio más que, si bien no es explícito, subyace bajo la
denominación de maudit: la enfermedad. En su primer libro de 1866, Poemas
saturninos, Verlaine relacionaba el genio poético con la antigua teoría de
los cuatro humores corporales (bilis, bilis negra, flema y sangre) y su
vinculación astronómica, según la cual aquellos hombres nacidos bajo el símbolo
de Saturno propenden a la secreción de bilis negra, a la melancolía, y a la
afectación malsana del bazo o el hígado. Resumiendo, que la alteración corporal
está asociada a la maldición. He aquí un componente semántico (la enfermedad
como maldición que viene de las estrellas, de lo aleatorio) inscrito en los
orígenes del ‘malditismo literario’, y que tiene que ver con la necesidad más
que con la actitud. La primera poesía de Los Pereiro, la que está escrita entre
1975 y 1978 (y publicada póstumamente por Espiral Maior en 1997) está escrita
implícitamente bajo el influjo de algunas de estas ideas: Pereiro había leído
tempranamente a los simbolistas franceses. Años más tarde, en su dietario
epistolar Conversación ultramarina, el propio Lois aludía con cierta
ironía a ese estado melancólico: “la tristeza que se me acumula en el hígado al
ver que no llamas”.
Sus
primeros poemas, escritos tras su llegada a Madrid en 1975 para estudiar
Sociología, vieron la luz en la revista Loia, un fanzine publicado junto
a otros gallegos estacionados en Madrid, y se recopilaron póstumamente en 1997
en el volumen Poemas para unha Loia. En ellos, la enfermedad semantiza
todo el conjunto de dos formas distintas: como atmósfera sentimental y como
transfiguración del cuerpo poético. Lois Pereiro confesó a su novia, Piedad
Cabo, apenas un año antes, que no escribiría jamás en castellano, que
publicaría un solo libro y que moriría joven. En realidad, fue una frase un
tanto absurda. ¿Por qué ese pálpito? Cuando Lois tiene diecisiete años, en
1975, apenas hace un lustro que han muerte héroes culturales como Hendrix,
Morrison o Joplin, que no pasaron de la veintena; y no tardarían demasiado en
seguir sus pasos otros púberes como Ian Curtis o Sid Vicious. Además de sus
lecturas simbolistas, donde el artista coquetea continuamente con las
postrimerías, Pereiro crece entre la contracultura del rock psicodélico y el
punk. Grupos de la época, The Doors o Pink Floyd, recuperan la predilección simbolista
por el límite cognoscitivo, y los paladines del punk convierten la destrucción
en un santo y seña. La promesa simbolista de lo eterno, de la percepción
definitiva, comporta cierta tortura corporal. Mientras que el simbolismo
francés donde dice digo quiere decir Diego, el simbolismo contracultural
escribe muerte para poder decir vida. Treat and trick. No hay que
tomárselo demasiado a pecho y, más que nada, se trata de un simple horizonte
cultural, olor que llega desde la cocina. ¿Qué consecuencias tiene en el
poema? La ruptura de cierta geometría elemental: sustitución del poema
como cuerpo armonizante y armonizado por una estética general de la
fragmentación. La influencia del cine y el cómic como artes del fragmento
ilusionado, la recuperación del collage por parte de las literaturas y el cine
experimentales, la desestabilización de unidades sociales indivisibles como la
lengua (Pereiro combina idiomas sin problema o viola la sintaxis como rey en la
prima notte) o la familia (dardeada en ‘Hijos’ o como crítica a la
figura paterna en ‘Donald Barthelme Donald Barthelme’) o el lenguaje del
striptease como desguace corporal erótico en ‘Dyn-Amo y Steve Dwoskin’. Pero si
la melancolía es necesaria para el mood decadentista, el solar y la
ruina en Pereiro son herramientas empuñadas con vitalidad y convencimiento.
El
último libro de Lois, Poesía última de amor y enfermedad, que ve la luz
en 1995, es sorprendente y se lee bien en combinación con su dietario Conversación
ultramarina. Pereiro acaba de contraer el sida, su salud ha empeorado y
conoce cuál es su destino inmediato. Las circunstancias vitales del poeta son
obscenas y la primera persona se impone. Lois habla de su estado y su expresión
se vuelve clara, emocionada pero segura. Poesía última es sorprendente,
decía, porque junto a las urgencias de la primera persona del singular el autor
adopta una actitud analítica para consigo, distanciada. A las puertas de la
muerte, Pereiro teoriza sobre sí mismo. A la manera de Dante en su Vida
nueva, acompaña cada poema con comentarios que lo adelgazan: Lois no parece
sentir la fuerza de la gravedad del enfermo, sobrevuela su destino. Él es
sujeto, pero también objeto, y esa distancia es todo un triunfo, el triunfo de
quien se conoce, superación de la necesidad para hacer con su vida lo que le
place. Con toda la retranca en su haber, escribe: “Debe ser que estoy muerto /
y esa sería la causa / de que ahora me vea desde arriba / a cuatro o cinco
metros de distancia / de mi propia vida”. En su libro sobre la psicogénesis del
chiste, hablaba Freud del humor como fuerza liberadora capaz de aplacar
tendencias coercitivas como puede ser el miedo a la muerte. Pereiro va más
allá, ironiza y homenajea al cine que tanto significó en su vida: 1950, la voz
en off de William Holden, por encima de su cadáver flotante, en Sunset
Boulevard. La voz de Lois Pereiro, su literatura, elevándose por encima de
su cuerpo y diciéndole a la muerte: “¡¿Me escuchas?! ¡Fuck off!”.
¿Quién no quiere enfermar?
Triángulo de Amor Bizarro
Dice
Iago Martínez, periodista y autor de la reciente biografía Lois Pereiro.
Vida e obra (Xerais, 2011), en un artículo del mes de abril en el Xornal de
Galicia, que esta edición de O Dia das Letras Galegas dedicada a la figura del escritor
de Monforte de Lemos “debería servir para rescatar al poeta del personaje en el
que lleva instalado desde su muerte prematura y para conocer bien su obra”.
Ciertamente, la calificación de poeta maldito aparece con demasiada facilidad
para referirse a él, y hasta cierto punto es comprensible pensar que su obra ha
quedado eclipsada por una iconografía abusiva: stencils con su rostro
macilento; grupos que adaptan algún poema suyo sobre la drogadicción, sin que
nos demos cuenta de que con esa selección estamos jerarquizando mucho,
demasiado, la imagen poética de Pereiro; o biografías fascinadísimas por la
personalidad del poeta. Sí, habemus Papa. Sin embargo, una lectura de su
obra no termina de poner del todo en entredicho esta fenomenología: si bien la
obra de Pereiro exige un tratamiento estrictamente literario, también es cierto
que toda su poesía está embebida de cierto aire maldito, nos guste o no, por
mucho que Eloy Fernández Porta diga —y con razón— que hoy en día el
ennui, el spleen, el tedio de marras, solamente lo experimenta algún profesor
de secundaria en Manlleu.
Lo maldito nos fascina. Nos fascina que Ian Curtis muriera tan joven o que
Rimbaud abandonara la poesía para vivir peligrosamente. Pero las maldiciones,
en realidad, no molan. Llevar una vida al límite para poder ver las cosas de un
modo distinto a veces es un precio demasiado alto y estimarlo conlleva elevadas
dosis de ingenuidad, por mucho legado musical o literario que esa actitud
suponga. La veracidad del sufrimiento en el sujeto maldito ha de ser inapelable
para que su actitud no nos parezca la pose de un capullo. Hace poco Darren
Arronofsky trataba colateralmente este tema en su película Cisne negro y
volvía a colarnos la misma mentirijilla de siempre. La bailarina que
protagoniza su historia pretende realizar una interpretación artística total,
aunando la oscuridad y la luz de lo artístico, la disciplina apolínea y el
furor dionisíaco, y sus escarceos con el lado oscuro ofrecían la terminación al
uso: interpretación perfecta con muerte del artista. Arronofsky nos vuelve a
recordar que la perfección apela al exceso, y el exceso a su vez, la pérdida
del control, el éxtasis, comporta dos tarjetas amarillas y la expulsión del
campo de juego. Pero hay una treta. Cuando el artista muere el cadáver queda
oculto y el césped limpio, el público aplaude la jugada pero no se horroriza
porque no hay sangre y es sublime. Pero qué hubiera pasado si, en vez de acabar
con su propia vida: la opción menos jodida al fin y al cabo, el furor
dionisíaco hubiera llevado a Natalie Portman a cargarse a su colega Mila Kunis:
entonces tendríamos un cadáver que el arte no hubiera desintegrado, ahí,
ensuciando el camerino, y encima una artista peligrosa sobre las
tablas. Eso sería lo terrible de verdad y el perfil realista del arte
maldito. El artista maldito esconde el polvo y el sudor debajo del felpudo y
pone los brazos en jarras para que se vea mejor la letra ese de superhombre que
lleva en el pecho. Pero nadie dirá, en cambio, que los delitos de Farruquito o
de Polanski son gajes del oficio artístico, sino crímenes. Según la maniobra de
Arronofsky, el borracho es solo un bohemio y el yonki un artista del trapecio.
Pero si Lois Pereiro (Monforte de Lemos 1958 – A Coruña 1998) no hubiera
contraído el síndrome de la colza en el año 1981 y posteriormente el sida un
par de años antes de su muerte, su talento hubiera permanecido igual de
musculado. Sin embargo no fue así, desgraciadamente contrajo la colza y el sida,
y estos marcaron enormemente toda su producción poética. Me gustaría abordar
este texto tomando la enfermedad de Lois como un estado dado reelaborado
semánticamente. Por supuesto, su disposición mental y sentimental quedaron
decisivamente marcados por lo vírico, pero en el momento en que traspasan el
umbral de lo poético debemos someterlos a un análisis principalmente literario.
La enfermedad en la poesía, no la poesía de un enfermo.
Para
tratar semánticamente la enfermedad, debemos hacer una última concesión
referencial. La maldición en Pereiro, por lo menos la condenación física que
significó el síndrome del aceite tóxico —la enfermedad de la colza— no fue una
responsabilidad achacable al propio autor, sino al azar. Que Pereiro enfermara
de colza es hasta cierto punto aleatorio, de modo que sus virtudes poéticas hay
que buscarlas en la formalización poética, ni siquiera en la mera presencia
semántica. Cuando Paul Verlaine en 1884 escribe su ensayo de crítica literaria Los
poetas malditos, está manejando como antólogo un criterio de tipo
socioeconómico: son poetas malditos aquellos que, mereciéndolo, apenas han
publicado todavía, cuando deberían haberlo hecho sobradamente a estas alturas.
Pero hay un criterio más que, si bien no es explícito, subyace bajo la
denominación de maudit: la enfermedad. En su primer libro de 1866, Poemas
saturninos, Verlaine relacionaba el genio poético con la antigua teoría de
los cuatro humores corporales (bilis, bilis negra, flema y sangre) y su
vinculación astronómica, según la cual aquellos hombres nacidos bajo el símbolo
de Saturno propenden a la secreción de bilis negra, a la melancolía, y a la
afectación malsana del bazo o el hígado. Resumiendo, que la alteración corporal
está asociada a la maldición. He aquí un componente semántico (la enfermedad
como maldición que viene de las estrellas, de lo aleatorio) inscrito en los
orígenes del ‘malditismo literario’, y que tiene que ver con la necesidad más
que con la actitud. La primera poesía de Los Pereiro, la que está escrita entre
1975 y 1978 (y publicada póstumamente por Espiral Maior en 1997) está escrita
implícitamente bajo el influjo de algunas de estas ideas: Pereiro había leído
tempranamente a los simbolistas franceses. Años más tarde, en su dietario
epistolar Conversación ultramarina, el propio Lois aludía con cierta
ironía a ese estado melancólico: “la tristeza que se me acumula en el hígado al
ver que no llamas”.
Sus
primeros poemas, escritos tras su llegada a Madrid en 1975 para estudiar
Sociología, vieron la luz en la revista Loia, un fanzine publicado junto
a otros gallegos estacionados en Madrid, y se recopilaron póstumamente en 1997
en el volumen Poemas para unha Loia. En ellos, la enfermedad semantiza
todo el conjunto de dos formas distintas: como atmósfera sentimental y como
transfiguración del cuerpo poético. Lois Pereiro confesó a su novia, Piedad
Cabo, apenas un año antes, que no escribiría jamás en castellano, que
publicaría un solo libro y que moriría joven. En realidad, fue una frase un
tanto absurda. ¿Por qué ese pálpito? Cuando Lois tiene diecisiete años, en
1975, apenas hace un lustro que han muerte héroes culturales como Hendrix,
Morrison o Joplin, que no pasaron de la veintena; y no tardarían demasiado en
seguir sus pasos otros púberes como Ian Curtis o Sid Vicious. Además de sus
lecturas simbolistas, donde el artista coquetea continuamente con las
postrimerías, Pereiro crece entre la contracultura del rock psicodélico y el
punk. Grupos de la época, The Doors o Pink Floyd, recuperan la predilección simbolista
por el límite cognoscitivo, y los paladines del punk convierten la destrucción
en un santo y seña. La promesa simbolista de lo eterno, de la percepción
definitiva, comporta cierta tortura corporal. Mientras que el simbolismo
francés donde dice digo quiere decir Diego, el simbolismo contracultural
escribe muerte para poder decir vida. Treat and trick. No hay que
tomárselo demasiado a pecho y, más que nada, se trata de un simple horizonte
cultural, olor que llega desde la cocina. ¿Qué consecuencias tiene en el
poema? La ruptura de cierta geometría elemental: sustitución del poema
como cuerpo armonizante y armonizado por una estética general de la
fragmentación. La influencia del cine y el cómic como artes del fragmento
ilusionado, la recuperación del collage por parte de las literaturas y el cine
experimentales, la desestabilización de unidades sociales indivisibles como la
lengua (Pereiro combina idiomas sin problema o viola la sintaxis como rey en la
prima notte) o la familia (dardeada en ‘Hijos’ o como crítica a la
figura paterna en ‘Donald Barthelme Donald Barthelme’) o el lenguaje del
striptease como desguace corporal erótico en ‘Dyn-Amo y Steve Dwoskin’. Pero si
la melancolía es necesaria para el mood decadentista, el solar y la
ruina en Pereiro son herramientas empuñadas con vitalidad y convencimiento.
En su segunda recopilación y primer libro publicado en 1992, Poemas
1981-1991, su poesía se estabiliza en cierto modo. Pereiro contrae la colza
y todos los recursos de su poesía languidecen un poco, o por lo menos se
reordenan en una misma dirección. De repente, sus versos quedan hipertrofiados
de ecos culturales a la enfermedad. Se ha dicho que por entonces fue decisiva
la influencia de toda una literatura zombi, la centroeuropea de Bernhard, Celan
y Handke, donde los poetas, siguiendo el verso de Celan, “estábamos
muertos y podíamos respirar”. Es cierto que hay una mayor carga de
imágenes expresionistas (es ejemplar ‘En Góo’), pero los poemas pierden el puño
que esquirla y regresan a una narratividad más plácida, con un ritmo que bebe
de los gerundios y la composición de T. S. Eliot. Permanecen ciertos juegos
formales (‘En doce versos falsos’) o las alusiones al cine y la música
contraculturales, pero semánticamente este segundo libro tal vez sea el menos
interesante. Con Panero, Bernhard y todo el arsenal simbolista como figuras
principales del santoral, Pereiro nos presenta un libro presidido por una
oposición básica: la violencia del cuerpo retraído versus la violencia del
cuerpo expansivo: “y duermo / en el desastre”, “pues la demolición / es el
hierro que nos desarma”, etcétera. Del otro lado, la “Carne de lujo” o
“esa atmósfera ardiente y muscular”. De este modo, el libro queda demasiado
impedido por la tiranía semántica de la enfermedad, pero respira lo suficiente
como para sintetizarlo intensamente en un solo motivo estético. Nunca sabremos
si Pereiro no pudo contenerse ante toda una tópica retenida en su erudición
poética o si fue una formulación deliberada del exorcismo.
El
último libro de Lois, Poesía última de amor y enfermedad, que ve la luz
en 1995, es sorprendente y se lee bien en combinación con su dietario Conversación
ultramarina. Pereiro acaba de contraer el sida, su salud ha empeorado y
conoce cuál es su destino inmediato. Las circunstancias vitales del poeta son
obscenas y la primera persona se impone. Lois habla de su estado y su expresión
se vuelve clara, emocionada pero segura. Poesía última es sorprendente,
decía, porque junto a las urgencias de la primera persona del singular el autor
adopta una actitud analítica para consigo, distanciada. A las puertas de la
muerte, Pereiro teoriza sobre sí mismo. A la manera de Dante en su Vida
nueva, acompaña cada poema con comentarios que lo adelgazan: Lois no parece
sentir la fuerza de la gravedad del enfermo, sobrevuela su destino. Él es
sujeto, pero también objeto, y esa distancia es todo un triunfo, el triunfo de
quien se conoce, superación de la necesidad para hacer con su vida lo que le
place. Con toda la retranca en su haber, escribe: “Debe ser que estoy muerto /
y esa sería la causa / de que ahora me vea desde arriba / a cuatro o cinco
metros de distancia / de mi propia vida”. En su libro sobre la psicogénesis del
chiste, hablaba Freud del humor como fuerza liberadora capaz de aplacar
tendencias coercitivas como puede ser el miedo a la muerte. Pereiro va más
allá, ironiza y homenajea al cine que tanto significó en su vida: 1950, la voz
en off de William Holden, por encima de su cadáver flotante, en Sunset
Boulevard. La voz de Lois Pereiro, su literatura, elevándose por encima de
su cuerpo y diciéndole a la muerte: “¡¿Me escuchas?! ¡Fuck off!”.
Publicado
originalmente en la revista Quimera, 331 (http://www.revistaquimera.com/detalleRevista.php?idRevista=58)
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